La interdisciplinariedad en la búsqueda de conocimiento.

En ocasiones pasamos por alto aquello que nos parece más sencillo, para poder incurrir en cuestiones más profundas o polémicas. Sin embargo, para ser totalmente conscientes de la realidad con la que tratamos conviene remontarse al momento en el que comenzamos a cuestionarnos cómo era mundo en el que vivimos, para así apreciar los cambios y las transformaciones sufridos por los diferentes planteamientos que se han ido sucediendo a lo largo de la historia.


Hoy en día nadie duda al afirmar que la ciencia es algo objetivo, que no deja lugar a la interpretación. En contraste, algunos consideran inaccesible el conocimiento científico o, por otro lado, poco interesante a causa de la frialdad con la que desgrana la realidad. No debemos olvidar que los supuestos fríos engranajes del método científico se mueven por la simple curiosidad de los investigadores, en el sentido más amplio de la palabra.


Fue el asombro que sentimos por aquello que nos rodea lo que inició todo este proyecto científico, no fue solo el intento de imponerse a la naturaleza, poderosa e indómita, o la búsqueda de progreso de manera deshumanizada, sino la simple voluntad de conocer y comprender. Este estupor, la sensación de haber sido retados, de querer desempeñar esta tarea solo por mostrar que somos capaces de hacerlo, sin que de ella derive una utilidad o un beneficio, es el motor que dió inicio a la investigación científica con la que pretendemos desentrañar las regularidades y excepciones de los procesos naturales.


Hay evidencias de que esta revolución inconformista por la búsqueda de conocimiento no fue localizada; encontramos varias civilizaciones situadas en diferentes zonas geográficas que comienzan a dar las primeras descripciones de aquello que ven, caracterizadas por sus circunstancias particulares. Observamos cómo distintas tradiciones paralelas, conectadas por eventos comunes crean relatos análogos en su estructura. Un claro ejemplo de estas similitudes podemos encontrarlo en la arqueoastronomía, aquellos restos que nos quedan de la forma en la que los pueblos erigían sus ciudades tomando como referencia una guía común -los astros celestes- nos dan una pequeña muestra de su concepción del mundo. Cada una de estas civilizaciones fue desarrollando, a la par que una cultura simbólica, representativa del homo sapiens, unas teorías acerca del conocimiento de la naturaleza, tratando de describir aquello que veían para así poder anticiparse a ello.


Esto supone el abandono progresivo de las explicaciones míticas y fantásticas, y con el paso de las generaciones el desarrollo espíritu crítico hacia lo que nos ofrecen como verdadero, abandonando las creencias infundadas. Sin embargo, la objetivación de la investigación científica no es súbita, sino que nos encontramos ante un proceso de tránsito entre las concepciones míticas y la descripción matemática de la realidad. A pesar de lo que a primera vista pueda parecer, no son relatos tan diferentes, ambos tienen la misma finalidad y suplen la misma inquietud; conocer el mundo. Tanto la matematización como la mitificación -aunque desde visiones diferentes- buscan describir la realidad, confiriéndole así sentido.


Tras el abandono de los relatos fantásticos se sigue acompañando la categorización del mundo con la creación literaria, empleándola como herramienta para emular ese mismo estupor que uno siente al ver la inmensidad del cielo estrellado al intentar explicar su naturaleza, yendo más allá de una mera descripción aséptica.


Estos relatos literarios que surgen, a pesar de ser menos empíricos que lo que hoy tenemos por ciencia, reflejan la motivación de esa búsqueda de conocimiento. Es el elemento que recuperan de los relatos míticos, lo que hoy llamaríamos la humanización de la investigación científica -que tan fría nos parece- lo que a la vez provoca tanto rechazo. Pero esta pequeña falta de rigor que en ocasiones cometemos es a su vez necesaria, pues en muchos casos no sería posible comprender las teorías científicas sin las metáforas o alegorías de las que van acompañadas, ya que favorecen la difusión del conocimiento adaptándolo a la forma intuitiva que tenemos de comunicarnos.


Pero la desmitificación de los modelos descriptivos de la realidad se llevó hasta tal punto que se llega a deificar el proceso científico, abogando por lo fructífero que históricamente ha resultado. Con esto, todo aquello que no apele a lo que empezamos a entender, sino a lo que se escapa completamente de nuestra comprensión, deja de ser el motor que nos llevaba a buscar el conocimiento. El progreso técnico que crece exponencialmente no hace más que apoyar esta tendencia de calificar de no válido o incluso inútil a todo aquello que no sean hipótesis adoptadas como dogmas por la extensa comunidad científica, al encontrar apoyo en pruebas observables.

La escuela de Atenas, Rafael Sanzio (1509-1510)

Hoy podemos encontrar un gran enfrentamiento a dos bandos que en un día no eran siquiera diferenciables. La búsqueda de conocimiento deriva históricamente en la división de la ciencia entre varias disciplinas, según clasificaciones de los objetos de estudio y diferentes métodos de investigación. La ciencia se enfrenta a sí misma y el debate científico queda en una riña sobre qué rama es más valida en términos generales y desde una concepción del mundo asumida y no cuestionada. El foco de atención ya no es entender las cosas, sino hacer entender que nadie más está en lo cierto sobre nada. Las posturas de investigación no son imparciales, no nos dejamos llevar por ese estupor que nos hizo empezar el camino ni conseguimos reflejarlo en las teorías que creamos, no somos capaces de salir del bucle consistente en desmentir teorías concretas -y ajenas- por fallos metodológicos o de terminología.


Y es que es tanto el desprecio que muestran algunos científicos por las humanidades, aludiendo a su inutilidad e imprecisión como la aversión del pensamiento científico-técnico por parte de algunos humanistas. Lo más interesante de esta guerra no es solo la invalidez general de los argumentos usados por ambas partes, sino el sinsentido de la división, creada más por la voluntad de diferenciarse de lo que se considera ajeno que por una diferencia real.


El mayor problema de este duelo es que cada contendiente juega en ámbitos diferentes; las ciencias puras se condecoran a sí mismas con la precisión que caracteriza a sus investigaciones, junto con la utilidad práctica y los grandes cambios sociales a los que han llevado sus logros sin olvidarse de mencionar que es algo que no consiguen los humanistas. Mientras, las humanidades tildan de mecanizado e inhumano todo aquello en lo que intervengan cálculos numéricos, además de resaltar la desconexión con las problemáticas no científicas que atañen a la ciencia. Por no hablar de aquellas disciplinas intermedias que quedan huérfanas en medio del fuego cruzado.


No me creo en posición de comentar la evidente decadencia de la educación actual, porque es fácil encontrar argumentos para situarse en contra de lo que no cumple con la función a la que está destinado y realmente no podría ser capaz de proponer una alternativa. Sin embargo, si diré que es esencial el papel que ésta juega en el desarrollo del tema que tratamos y determina el curso de las relaciones que mantienen las diferentes ramas del conocimiento en sus investigaciones.


Dejando esta polémica aparte, a la par que la comunidad científica se vuelve en contra de las disciplinas de letras, concretamente desde la filosofía también podemos encontrar una gran aversión por el pensamiento científico-técnico e incluso por el progreso técnico en sí. Como es normal en época de cambios, se buscan hechos que puedan haber causado los desajustes que percibimos en la sociedad. Por esto, se suele achacar a la revolución científica la responsabilidad de la superficialidad e irreflexión del nuevo modelo de vida.


Desde la filosofía se reclama el abandono de la vida automatizada e inconsciente que se ve favorecida por la especialización científica y el cambio en las estructuras organizativas del trabajo. Si bien es cierto que los avances que la investigación ha aportado tienen multitud de ventajas en muchos aspectos, por centrarse meramente en conocer un tema concreto o el funcionamiento de un aspecto determinado, tiende a obviar el efecto que los descubrimientos pueden tener en la sociedad.


Podemos vernos inmersos en una gran discusión sobre el aspecto ético de estas cuestiones, sin embargo, no tiene mucha utilidad divagar sobre estos conceptos de forma general, y sin duda poco rigurosa. Por esto mismo, dirigiremos nuestra atención hacia las diferencias entre la ciencia y la filosofía, así como los campos en los que operan en vez de la relación que establecen entre ellas en un tema concreto.


La ciencia se diferencia de la filosofía en su carácter progresivo y acumulativo; cierra problemas en los que posteriormente se basan otros que van surgiendo, y existe un consenso generalizado en cuanto a la solución de éstos. En la filosofía sin embargo no hay problemas cerrados, pues no existe consenso, aquellos que son de alguna manera resueltos es porque han sido asumidos por otras disciplinas o se han pasado a considerar pseudoproblemas.


En muchos casos, al tratar un problema concreto se prioriza un enfoque utilitarista, dejando de lado las abstracciones. Esto no tiene por qué ser negativo, siempre y cuando se sepa adoptar también la postura contraria. En la investigación científica, por lo general falta un proceso de reflexión en el que se tenga en cuenta aspectos transversales al propio trabajo de laboratorio.


La celeridad con la que se toman decisiones, así como el afán por llegar a resultados concluyentes en el menor periodo de tiempo y con el mayor impacto posible lleva al progreso científico a pasar por alto algunos elementos que deberían ser considerados en el curso de la investigación, y que sin duda alguna son el motivo de muchas polémicas.


Es evidente que no podríamos vivir sin lo que la ciencia nos ha dado, posiblemente sin las facilidades que el progreso técnico ha permitido no habría lugar en la vida cotidiana de un trabajador para la reflexión abstracta. Pero este mismo es el motivo por el cual hay que volver a enlazar los aspectos de la búsqueda por el conocimiento que surgieron a la par.


Es necesario tener en cuenta la motivación y la realización personal de cada individuo involucrado en el trabajo de investigación, así como tratar de alejar la corrupción que la política y las luchas de poder juegan dentro de este campo. Por último, conviene buscar la interdisciplinaridad, sobre todo en la educación, para conseguir hacer progresar a cada individuo en su desarrollo y no quedarnos solo en enriquecer el conjunto de conocimientos que posee cada generación.

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